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lunes, 19 de agosto de 2013

Conoce al sistema y te conocerás a ti mismo


© Desconocido
Conoce al sistema capitalista, y te conocerás a ti mismo. Conocerás el sentido de tu mente, de tu cuerpo, de tu psicología, de tus emociones, y el para qué de tus conductas sociales. Sin ese axioma como meta, nunca sabrás de que se trata. Si no conoces ni registras lo que es y como funciona el sistema en tu cabeza ninguna filosofía individualista de autorrealización, podrá rescatarte de la ignorancia del esclavo satisfecho.


Comentario: Para concretar más, en lugar de conocer al sistema capitalista, sería más útil profundizar en el sistema patócrata.

Todas las mañanas, cuando te levantas, hay un sistema nivelado de poder mundial , dinámico, funcional, interactivo, que funciona y da resultantes estadísticos y mensurables a escala global más allá de tu mente.

Ese sistema, se llama sistema capitalista. Se llama economía mundial , mercado financiero, bolsa de valores, mercados de importación y exportación, crisis global, conflictos sociales y geopolíticos, complejos militares industriales, arsenales militares, nucleares y espaciales, potencias hegemónicas dominantes, cadenas mediáticas internacionales concentradoras del poder informativo y la manipulación de conducta social, lobbys culturales que controlan el pensamiento y las normas sociales, grupos concentrados del poder global que diseñan y administran los resortes de decisión de todo lo que existe o se mueve en el planeta.

En otras palabras, la maquinaria estratégica, el poder invisible, que decide (a través de valores y normas programadas socialmente en tu mente, tu psicología y tus emociones) todo lo que debes hacer, desde pensar, interactuar con otros humanos, comportarte en sociedad, a consumir y realizarte como persona social civilizada.

Y esa maquinaria monstruosa (el poder dominante del capitalismo global) no es relativa ni tiene matices. Es REAL. Existe como número, como estadística, es cuantificable, la tocas y la sufres si con tu cabeza los haces salir a la superficie.

Si quieres ver al monstruo dominante convertido en realidad, solo tienes que investigar orígenes de patrimonios empresariales y fortunas personales, mercados locales e internacionales, hambre y pobreza con exclusión social masiva, muertes masivas por genocidios militares y económicos, razones causales de las guerras ,invasiones de países, conflictos internacionales, competencias intercapitalistas y orígenes de la destrucción ecológica planetaria.

Y si quieres transformar esa realidad, deberás estudiarla, analizarla estratégicamente, descomponerla como las piezas de un reloj. Y luego debes recomponer todos los pedazos dándole un objetivo y una estrategia funcional. Allí, solo allí, verás como funciona el sistema de dominación del hombre por el hombre, fuera de tu cabeza.

Conoce al sistema capitalista, y te conocerás a ti mismo. Conocerás el sentido de tu mente, de tu cuerpo, de tu psicología, de tus emociones, y el para qué de tus conductas sociales. Sin ese axioma como meta, nunca sabrás de que se trata.

si no conoces ni registras lo que es el sistema en tu cabeza ninguna filosofía individualista de autorrealización, podrá rescatarte de la ignorancia del esclavo satisfecho.

jueves, 11 de julio de 2013

Grecia: jóvenes abandonan el sistema y se hacen autosuficientes en el monte

En las laderas del Monte Telaithrion, en la isla de Evia, un grupo de jóvenes griegos abandonan la ajetreada ciudad y crean una comunidad rural autosuficiente

Su objetivo es comer sólo los productos orgánicos que ellos cultivan, para liberarse de la red eléctrica nacional, e intercambiar lo que cultivan en lugar de utilizar dinero.
El proyecto, cuyo objetivo final es crear una escuela para la vida sustentable, es idea de cuatro atenienses que se conocieron online, en 2008, y se unieron vinculados por su descontento con la rutina diaria de la vida en la ciudad.
Al segundo año de vivir permanentemente en un paraje boscoso al lado del pueblo de Aghios, 80 por ciento de los alimentos que consumen ahora vienen de sus dos huertas y de los frutos que recogen de los árboles.
El grupo, en el que casi todos siguen una estricta dieta vegetariana, duermen en comunidad, en “yurtas”-portátiles, o viviendas como carpas de lona a menudo vistas en Asia Central.
Lo que queda en sus jardines, lo intercambian en el pueblo por suministros que no pueden producir.
Apostolos Sianos, co-fundador de 32 años de edad, renunció a un trabajo bien remunerado como diseñador de sitios web, en Atenas, para ayudar a comenzar la comunidad, llamada ‘Free and Real”.
[Apostolos Sianos, Co-fundador de 'Free and Real']:
“La crisis o las medidas de austeridad en realidad no le afectan porque usted crea su vida y su futuro día a día, no tienen nada que ver con el círculo exterior. Nos puede haber afectado; pero sólo de buena forma porque más y más personas están dispuestas a ser autosuficientes y sostenibles. Así que nos contactan ya que más y más gente después de la crisis quiere involucrarse”.
El grupo usa activamente las redes sociales, y el año pasado más de un centenar de personas de Grecia y del extranjero preguntaron cómo unirse o colaborar de alguna manera.
Dionysis Papanikolaou, por ejemplo, abandonó una lucrativa carrera académica para estar más cerca de la naturaleza y lejos de la pesada atmósfera de la crisis financiera en Grecia.
[Dionisio Papanikolaou, Miembro del grupo]:
“Si se la pasa leyendo noticias o viendo TV, sólo hablan de la crisis, la crisis y la crisis, incluso inconscientemente, dices: ‘¡la crisis!’. Aquí, no hay crisis. Es decir, no hace ninguna diferencia”.
El grupo se enorgullece de ser autosuficiente.
[Panagiotis Kantas, Co-fundador de 'Free and Real']:

“La realidad de la vida está justo fuera de su puerta. Cuando usted quiere entrar en calor, en realidad tiene que salir por la madera, recoger leña y llevarla a casa para entrar realmente en calor”.

Actualmente, se organizan seminarios sobre agricultura orgánica y se elaboran planes para una gran escuela de vida sostenible que se construirá a fines de este verano, para lo cual se recaudó dinero en un sitio de crowdfunding en Internet.
[Panagiotis Kantas, Co-fundador de 'Free and Real']:
“Sólo trato de ser el cambio que quiero ser, en vez de esperar que un gobierno haga el cambio, o en vez de votar por alguien que haga el cambio. Yo trato de ser ese cambio”.
Fuente: http://www.yometiroalmonte.com/Articulo.aspx?id=1616

lunes, 29 de abril de 2013

Qué eres ¿"normal" o "anormal"?



© Quino
El sistema se asegura de que la gran mayoría no escape a "la norma"
El humano masificado, consumista y alienado no es otra cosa que el individualismo y la indiferencia programados masivamente como "normalidad" por el sistema capitalista. El valor humano convertido en cifra (valor numérico).

El sistema capitalista es matemático. Trabaja sobre números, no sobre personas, y sin embargo su lenguaje (matemático) es utilizado para identificar personas en claves numéricas.

Las palabras "normal" o "anormal", son equivalentes socialmente a "mayoría" y "minoría". La palabra "normal" viene de "norma", que es un término estadístico para darle una identidad de nivelación numérica a las mayorías. La palabra "anormal" se constituye en las antípodas de lo "normalidad", y es minoría ("numérica) en relación con la "anormalidad".

Es decir, las características de las mayorías (numéricas) constituyen la norma. Pero esto es matemático, por lo tanto lógica matemática, o sea, lógica para números. De esta manera, la "normalidad" sólo rige para los que coinciden con las mayorías del sistema, las mayorías convertidas en números. Sólo números.

En el capitalismo, pensar no es pensar, sino recrear mecánicamente los valores (numéricos) programados en las cabezas por el sistema. Eso nivela con la mayoría estadística. El que se sale de las reglas y utiliza el cerebro para procesar el mundo por sí mismo (sin las reglas del sistema), se convierte estadísticamente en un "anormal" . 

El sistema solo está programado para "normales". Y lo "normal" es dejar que te programen con la normalidad. Pero, ¿qué es la "normalidad" en el capitalismo?

Normal es el hombre y la mujer que creen en la paz, en la familia y en la propiedad privada. Lo que signifiquen esos valores no importa. Que el sistema capitalista utilice esos valores para masacrar humanos en masa y depredar el planeta, no importa. Son los valores (matemáticos) nivelados en la cabeza de las mayorías como la "normalidad aceptada".

Según Wikipedia: "La anormalidad es una característica definida en forma subjetiva, se asigna a aquellas personas que poseen condiciones raras o disfuncionales. Definir si una persona es normal o anormal es un tema difícil en el campo de la psicología de la anormalidad".

Esa misma interpretación, llevada al plano de la realidad social concreta, significa que la "anormalidad" es una categoria que se asigna a las personas que resultan "disfuncionales" para el sistema de la sociedad de consumo que establece las normas de comportamiento social.

En otras palabras, si se actúa como las mayorías (numéricas) se es "funcional" y "normal". Si se piensa por uno mismo, se es "anormal" y "disfuncional"

Pero hay otra definición: Normal o anormal, son terminas antitéticos para definir a los que rechazan, o a los que comparten sin cuestionar las reglas sociales, políticas y económicas del sistema capitalista que programa y nivela el pensamiento humano "unido" a escala planetaria.

De este modo, resulta que las mayorías que celebran los mundiales de fútbol, que adoran ídolos faranduleros, que votan en las elecciones sin conciencia crítica, que rechazan las huelgas y las protestas sociales, que disfrutan de la sociedad de consumo mientras la mitad de la humanidad vive en la pobreza, son "normales".

El humano masificado y alienado no es otra cosa que la indiferencia y el individualismo programados masivamente como "normalidad" por el sistema capitalista a escala global. El valor humano convertido en cifra (valor numérico).

La "normalidad" en el sistema, entonces, es lo que hace la mayoría que sigue a los eslóganes de los medios de comunicación y la sociedad. Celebrar la fiestas marcadas por el calendario, no criticar al sistema, ser indiferente al sufrimiento humano social, ser amiguero y familiero, pero indiferente a los dramas colectivos.

Eso es ser "normal". Y parece ser el parámetro para medir a los "normales" y "anormales" del sistema. Y el sistema sólo está programado para los "normales".

Las mayorías pueden tener "emociones" y pensamientos individualistas, pero lo que no pueden hacer es rechazar el programa nivelador con la sociedad de consumo y la ideología individualista que la familia, la escuela y los medios de comunicación (herramientas del sistema) grabaron en su cerebro. El que se sale del sistema es "anormal", y es rechazado por las mayorías programadas por la "normalidad".

Desde el nacimiento, dentro de la familia, ya se comienzan a programar los "valores" que el sistema acepta como "normales". Luego, a través de la "educación formal" y desde el jardín de infantes hasta la universidad, en sus distintos niveles de "aprendizaje", el sistema socializa al chico y a la chica en los parámetros socioculturales del sistema.

Ninguna escuela o universidad del sistema enseñan a pensar e interpretar analíticamente la realidad. Enseñan a respetar el orden establecido. "Normalizan".

Y los medios de comunicación son los que dicen qué es lo que se debe hacer y sentir para ser "normal". Completan el trabajo de adaptación que empieza con la familia, y que sigue con la escuela. Cuando los medios dicen que hay que reír, las mayorías ríen, cuando dicen que hay que llorar, lloran, consumiendo alegrías y amarguras indistintamente.

Pero el sistema es astuto, y jamás dirá que hay que sufrir por las injusticias, las muertes o el hambre provocados por el sistema mismo. Y si alguno se sale del molde, entran a actuar los curas, los psicólogos, los psiquiatras y termina finalmente internado en un hospital neuropsiquiátrico o encerrado en una cárcel.

martes, 19 de marzo de 2013

Los pocos que persisten



Verdad. ¿Dónde se han ido todos los héroes?
Norteamérica sigue hundiéndose en un pozo oscuro de desesperanza, ya más allá de lo que se pueda hacer. Chris Hedges se refiere a nuestro futuro como uno de zonas de sacrificio; aquellas áreas de este planeta donde los muertos son simplemente consecuencias de los análisis de costo-beneficio de las corporaciones. Pocos quedan de los que hacen los esfuerzos sobrehumanos necesarios para proteger al mundo vivo y a sus hijos. Pero están allí fuera. Persisten.

Chris Hedges es uno de los últimos que quedan y que confronta al poder corporativo que ha tomado a Norteamérica por el cuello y la ha estrangulado hasta que su monedero se derrame sobre el suelo. Él es el Dietrich Bonhoeffer de Norteamérica. Es uno de los últimos en seguir de pie mientras aquellos con ojos para mirar giran sus cabezas para evitar lo que sus ojos ven.
"Es absolutamente imperativo que comencemos a comprender lo que hace el capitalismo sin controles, desregulado", enfatizó Hedges. "Estas son zonas de sacrificio, áreas que fueron destruidas en pos de las ganancias trimestrales. Y estamos hablando de medioambientes destruidos, comunidades destruidas, seres humanos y familias destruidas. Y gracias a que ya no quedan impedimentos, estas zonas de sacrificio simplemente se expandirán hacia afuera."
Todo el mundo se ha vuelto una zona de sacrificio. El centro de compras, la calle principal, Medio Oriente, África, y Sudamérica, el suelo sobre el que han caminado nuestras familias, e incluso nuestras familias están siendo sacrificadas por imbéciles cuyo único sentido de valor es su propia indulgencia. Hedges desafía abiertamente al poder corporativo. Abiertamente desafía al imperialismo. Desafía abiertamente al títere de Obama, demandándolo por atribuirse el derecho de extinguir arbitrariamente las vidas de los hijos e hijas de este mundo.

Hugo Chávez, otro de aquellos seres humanos normales con fallas humanas normales, adoptó el poder y lo dio vuelta para transformar al mundo en un lugar mejor. El imperio corporativo lo ridiculizaba por su sensibilidad hacia los pobres y hacia el espíritu humano. Al final, sus últimas palabras fueron que no quería morir:
La santificación del carismático líder de Venezuela, Hugo Chávez continuó el martes mientras se revelaba que sus últimas palabras fueron "Por favor no me dejen morir" - una súplica total ya que, según dijo el gobierno, él desesperadamente deseaba seguir trabajando para el pueblo venezolano.
Chávez pudo o no haber sido asesinado, pero seguro sabemos quién se beneficia con su muerte. En nuestra cancerosa sociedad solo los mafiosos sobreviven y progresan. Pero Chávez hizo todo lo que pudo para que quienes lo siguieron la vida valiera la pena. Fue denigrado porque no transformaría a su país en una zona de sacrificio. Es demasiado pronto para decir lo que el futuro espera. Pero por su esfuerzo, las vidas de millones reflejan los esfuerzos que hizo para proveer justicia económica y social para las masas. Gracias a su sacrificio, Chávez vive en cada uno de ellos, por ahora.

Gracias a Laura Knight-Jadczyk, una de las últimas en mantenerse en pie por la plena verdad en una era de engaño total, la historia comienza a revelarla para nosotros. A pesar de años de calumnias y ataques organizados, ella sigue revelando la verdadera naturaleza de nuestro pasado, presente, y lo que podría ser nuestro futuro.

A pesar de la persistencia patológica de sus difamadores, y de hecho gracias a ellos, descubrió la ciencia psicológica y sociológica de la Ponerología. Ella trajo a la luz el secreto más oscuro del imperio y del decaimiento social descubiertos bajo el horror del dominio Nazi y Comunista. Ella lo rescató desde el borde del abismo, contactando a su pionero, el fallecido Andrew Lobaczewski, quien se encontraba marginalizado por redes patológicas. Profundizando en la búsqueda y atando los cabos de la historia oculta y censurada, ella descubrió el rol de las catástrofes cósmicas que empujan el rostro colectivo de la humanidad contra el lodo, luego de lo cual fue una elección natural para los psicópatas el ascender al poder y hábilmente poner sus botas en nuestras nucas. Gracias al extenso sufrimiento y vida de trabajo de Laura, ella revela lo que realmente nos hace falta a cada uno de nosotros para ser realmente libres.
"Una visión del mundo antropocéntrica en la que el hombre cree que está en control evita que la gente - incluso aquellos en el poder - se de cuenta de las realidades de nuestra existencia en este planeta que incluyen eventos cósmicos que destruyen civilizaciones."
Mi mente deriva entre estas extraordinarias figuras y las personas por quienes se mantienen en pie y defienden. Hablo de una chica que vi parada afuera el otro día, su madre dejándola en el frío mientras se iba a otra fiesta, a su padre no se lo veía por ningún lado, y con buena razón. Esta chica era joven y habrás visto su cabello marrón alguna vez, su piloto amarillo que era de otra persona era tan grande que ella podía nadar dentro del mismo. Habrás visto antes sus ojos tristes y mojados.

Mientras yo abría la puerta la escuché lamentándose para que alguien en este mundo olvidado la cuide, para que su madre regrese por ella. De pronto comprendí que, en estas zonas de sacrificio cada vez mayores, ya pocos hablan su lenguaje. Ella está muda. Ella no existe para nuestra sociedad moderna. Así que aunque escucharan, no entenderían. No existe un programa informático en este planeta que pueda traducir para nuestra sociedad lo que significa ser una chica en una zona de sacrificio, su madre dejándola atrás para disfrutar horas de intoxicación y evitar la realidad. Con tristeza le conseguí refugio para la noche, y también encontré a sus hermanos. Pero aunque todavía puedo seguir escuchándola llorar, también puedo recordar el destello de esperanza en sus ojos cuando vio a sus hermanos nuevamente.

Y su contraparte, el joven muchacho que mordió su tarta dándole forma de montaña, solo para producir el cierre de la escuela porque alguna seguidora de autoritarios haciéndose pasar por maestra decidió que su forma se parecía más al de un arma. Un muchacho cuyo único crimen fue, en su infantilidad, emular la cultura patológica de violencia en la que nació. La misma cultura que se le volvió en su contra por hacerlo. ¿Y su respuesta? "Todavía tengo hambre." Muchacho, nosotros también, por muchas cosas, pero principalmente, por la Verdad.

No tengo miedo a la tristeza. No tengo miedo al dolor de ver la oscuridad que se ha desatado en este planeta. Porque mientras más veo, más activo me vuelvo, más luz encuentra la grieta por la cual brillar. Solo temo no ser tan activo como pude haber sido. Que haya una piedra sin dar vuelta.

Al final de esta locura colectiva que llamamos historia parece que solo podemos reaccionar ante "las adversidades de la vida" que caen desde el cielo. El psicópata tiene el terreno más elevado, y nosotros estamos atrapados por leyes, valores morales y costumbres patológicas que requieren obediencia y docilidad de cara al mal. Pero el psicópata no es dueño del terreno más elevado. El universo tiene la última palabra, y la misma es fuerte y furiosa en su condena por la inutilidad de la apatía e ignorancia humana. El cosmos provee el grito de batalla para sus hijos, y al final los engulle:
Cuando los volcanes erupcionan o los cometas cruzan los cielos o aumentan las tormentas de meteoros y las anomalías climáticas, la ilusión colapsa, la razón de ser de las elites (es decir, proteger al pueblo) colapsa y el objetivo siempre fue y siempre será, en última instancia, las clases dominantes.
Norteamérica se hunde en un pozo oscuro de desesperanza, aparentemente más allá de lo que se pueda hacer. La fiebre alcanza su clímax. Por ello es con tristeza que me regocijo en saber que ningún imperio dura para siempre. Me regocijo con tristeza porque todavía quedan unos pocos. Que el conocimiento, que la luz, nunca mueren. Larga vida al rey, al espíritu, a la esencia que bendice a los defensores de su reinado que no conoce límites, que conquista cada miedo. Que se levante de su tumba en la forma que él, o ella, elija.
"No busques la muerte. La muerte te encontrará. Busca la ruta que hace de la muerte una realización."

― Dag Hammarskjöld

lunes, 4 de marzo de 2013

Detroit: así se hundió el Titanic del capitalismo estadounidense


© Desconocido
El ocaso de toda una gran ciudad en pleno corazón del imperio estadounidense. Un antiguo símbolo de su poderío industrial y del "sueño americano" donde hoy, sin embargo, se venden viviendas por el precio simbólico de un dólar, ya que nadie quiere habitar el inhóspito silencio de unos barrios abandonados que no tienen electricidad, ni agua, ni policía, ni escuelas. Porciones enteras de la ciudad han muerto. Otras están agonizando. Otras sobreviven, pero lo hacen rodeadas de un creciente marasmo de solares vacíos y calles abandonadas. Al igual que la calavera de Hamlet, el pulido esqueleto de Detroit nos mira con la sonrisa sardónica de los muertos, como queriendo decir "no os lo toméis a mal, amigos, ¡la economía de mercado es así!".

La prensa internacional lleva varios años recreándose en el asombro por lo sucedido en la ciudad más grande de Michigan y nosotros no podíamos ser menos, ya que el declive de Detroit es un fenómeno fascinante. Trágico, sin duda, pero fascinante. Primero por las imágenes que ha generado, especialmente en forma de "naturaleza muerta" arquitectónica. Han sido esas fotografías las que han atraído las miradas del mundo hacia una ciudad que llevaba décadas descomponiéndose en silencio. Hace un tiempo causó cierto impacto un reportaje de la revista Time en el que dos fotógrafos franceses - Yves Marchand y Romain Meffre, quienes además publicaron un libro llamado Ruins of Detroit - hacían un repaso a algunos rincones muy representativos de la decadencia de la ciudad. Podíamos ver estaciones de tren, aulas, consultorios de dentista, teatros, polígonos industriales, oficinas, bibliotecas... todos ellos lugares que ahora están vacíos, descascarillados por el tiempo y sumidos en un entrópico desorden. Un fantasmagórico espectáculo de objetos cotidianos a los que ya nadie va a dar uso, de pequeños pedazos de civilización que se han perdido y que nadie sabe cómo recuperar. Son escenas que se repiten una y otra vez a lo largo de una de las ciudades más grandes de los EE. UU. No estamos hablando de recovecos ignorados por hallarse en las inconvenientes e incómodas afueras, no, aunque a veces lo parezca porque aparecen rodeados de la nada. Algunos de los casos más espectaculares de grandes infraestructuras difuntas se encuentran en pleno centro de Detroit. Escenarios que podrían pertenecer a una película de ciencia-ficción apocalíptica, pero que son reales y yacen en plena espina dorsal de lo que una vez fue una de las metrópolis más importantes del mundo, la bandera de la infalible creación de riqueza del sistema. Ahora esa bandera sigue agitándose al viento, pero más bien como un trapo descuidado que se ha convertido en motivo de sonrojo para los profetas del "nada puede fallar". Personalmente, me llamó mucho la atención la frase de un vecino de Detroit que recogía un artículo: "cuando nos mudamos aquí hace diez años, le dije a mi mujer que iba a volver a fumar. Todo era tan apocalíptico que sentí la necesidad de volver a los viejos hábitos". Así es como una ciudad puede morir.

© WunderPhotos
Detroit bullendo de actividad en sus días de esplendor: una imagen que hoy resulta extrañamente distante.
A mediados del siglo XX, la orgullosa Detroit era la cuarta mayor ciudad de los Estados Unidos de América, únicamente por detrás de los consabidos grandes colosos: New York, Los Angeles y ChicagoHoy ha caído al puesto número 18 de la lista, por debajo de municipios de los que ustedes probablemente habrán escuchado hablar bastante menos, caso de Columbus, Jacksonville, Charlotte o Fort Worth. Y anda en camino de terminar cayendo incluso un puesto más, ya que su población podría ser superada en poco tiempo por la ciudad tejana de El Paso. Detroit es, junto a la problemática Baltimore, la única gran ciudad de los Estados Unidos que pierde población de manera sostenida. Y la situación no tiene visos de cambiar a corto plazo, pese a los desmentidos a la desesperada del actual alcalde Dave Bing, quien se empeña en que "los números deben de ser incorrectos". Voluntariosa pero inútil autodefensa muy propia de un político que no afronta la realidad de la sociedad que administra. Porque el censo oficial muestra una aplastante tendencia histórica: en 1950, el municipio contaba con 1 900 000 habitantes. Cuatro décadas más tarde, en 1990, había perdido casi la mitad y se había visto reducida a 1 000 000. Pero la cosa no se detuvo ahí; el éxodo se aceleró con el cambio de siglo y en los últimos censos oficiales se contabilizan unos 700.000 habitantes. Es decir: lo que antaño fue la cuarta pata de la gran mesa estadounidense ha perdido más de un millón de habitantes en medio siglo. Peor aún: desde el año 2000 se han marchado más de 200 000 personas del casco urbano. Es decir, la ciudad ha perdido un sobrecogedor 25% de su población... ¡en diez años! Se estima que quedan en Detroit unas 270 000 viviendas en pie, a repartir entre 160 000 familias. Y eso que muchas han sido demolidas o han desaparecido pasto de las llamas.

© (Photographium)
Durante los años 20, la industria manufacturera convirtió Detroit en la ciudad de mayor crecimiento en todo EEUU. 
¿Qué ha sucedido? Porque en sus buenos tiempos Detroit fue una Meca del empleo, uno de los lugares donde resultaba más fácil establecerse. Lucía con orgullo el sobrenombre de "Motor City": su inmensa industria del automóvil la había convertido en una metrópolis populosa y floreciente, en la que había trabajo, dinero, negocios, ganancias. Entre 1900 y 1930, la atracción que despertaba la inagotable oferta de trabajo multiplicó la población de la ciudad por seis. Llegaron cantidades ingentes de inmigrantes - blancos europeos y negros del sur - buscando salir adelante en la fabricación de coches, con lo que Detroit se convirtió en la ciudad de más rápido crecimiento de los EE. UU. General Motors, Ford y Crhysler constituyeron la santísima trinidad de corporaciones que convirtieron Michigan en el máximo propulsor de la industria manufacturera estadounidense.

Aquella prosperidad se transformó en lujuria arquitectónica. Se construyó. Y se siguió construyendo. La ciudad se vistió de lujo, con obras ambiciosas y un gusto adquirido por refinamientos culturales de los que incluso su población obrera podía sentirse orgullosa. Hacia 1950 se alcanzó el pico de población. Detroit llegó a conseguir que su nombre resonase más allá de las fronteras estadounidenses y no únicamente por ser la cuna y laboratorio del nativo más célebre de Michigan, Henry Ford, uno de los padres de la industria moderna, si acaso no "el" padre. La ciudad consiguió proyectar al exterior una personalidad propia, una cultura distintiva. Por ejemplo, durante los años 60 Detroit alcanzó celebridad universal gracias a la discográfica Motown, que fue para Detroit lo que los Beatles fueron para Liverpool o lo que Nirvana fue para Seattle. Hitos de la cultura popular que ponían una ciudad industrial en el mapamundi.

© Desconocido
El porcentaje de solares desocupados del núcleo urbano se ha disparado hasta límites verdaderamente surrealistas.
Por entonces, sin embargo, la ciudad ya había empezado a manifestar los síntomas de diversas enfermedades. En el barco de Detroit nunca se consiguió que todos remasen al unísono y la ciudad fue uno de los principales ejemplos de un fenómeno inconveniente: la segregación racial espontánea. Los blancos vivían en sus barrios y los negros en los suyos, generalmente en zonas más pobres. No se mezclaban. Cuando un negro progresaba gracias a su trabajo o a su talento y se mudaba a un barrio mejor, los blancos se sentían incómodos. Esto produjo un fenómeno que no fue exclusivo de Detroit, pero que sí fue particularmente marcado allí: el white flight, la salida de población blanca de clase media hacia los suburbios, más acomodados y más acogedores. Los negros permanecían en el centro, en el municipio de Detroit propiamente dicho, hasta que se convirtió en la ciudad con mayoría de población negra más grande del país. Mientras los municipios circundantes del área urbana estaban cada vez más poblados, la propia Detroit comenzaba a contar su población a la baja. Otro efecto directo del white flight fue la fuga de capitales: a medida que se marchaba la población blanca - que casi invariablemente disponía de mayores ingresos - la renta per capita en Detroit comenzaba a decaer. Había que unir a todo esto el progresivo descenso en la actividad industrial motivado por la incipiente deslocalización de las grandes empresas, la cual produjo un aumento del desempleo que afectó principalmente a la población negra del centro.

© (Daily Mail)
Woodward Avenue, ayer rebosante de vida, hoy un espectáculo de vacío y desolación en pleno centro de la ciudad. 
Se produjo una fractura social no solamente entre blancos y negros, sino incluso entre los propios afroamericanos: mientras una parte pudo aspirar a convertirse en clase media como en ningún otro lugar de los EE. UU. - con buenos trabajos, viviendas agradables en barrios tranquilos y optimistas aspiraciones de cara a futuro - , otros se veían presas del paro y la marginalidad. La delincuencia empezó a incrementarse, principalmente como consecuencia de la implantación de redes de tráfico de drogas. Guerras callejeras entre mafias negras y blancas para controlar el narcotráfico provocaron un incremento de la violencia. Detroit llegó a ser la capital nacional del asesinato, además de aparecer frecuentemente en las noticias a causa de disturbios diversos de carácter racial.

© Desconocido
El viejo estadio de béisbol de los Tigers de Detroit, antes y ahora. 
Durante los 70, pese a los crecientes problemas, la ciudad continuaba construyendo grandes edificios e infraestructuras. Puede que el declive social se fuese agravando, pero no hay quien se fije menos en la auténtica realidad de los números que aquellos que se pasan el día especulando con esos números (y la presente crisis nos ha dado buena muestra de ello). Detroit continuaba brillando de puertas afuera, así que había que seguir adelante con la función: se supone que la ambición siempre tiene premio y se erigieron hitos arquitectónicos espectaculares como el Renaissance Center, hoy un detalle característico del skyline de la ciudad. En el trasfondo, sin embargo, el desempleo, la pobreza y la violencia continuaban agravándose. Las empresas seguían marchándose para obtener mayores beneficios en lugares en los que hubiese mano de obra más barata y con menos aspiraciones laborales. La concesión de licencias para nuevas factorías estaba bajo mínimos. Incluso Motown, estandarte económico de la ciudad junto a los tres grandes del automóvil, optó por mudarse a Los Angeles. El barco de Detroit seguía flotando a duras penas, pero quienes habían visto agrandarse las vías de agua y tenían posibilidades para marcharse - como las corporaciones - no lo dudaron un instante. En general, casi todos los grandes núcleos industriales y manufactureros del nordeste estadounidense empezaron a sufrir las consecuencias de la deslocalización: es el hoy llamado "cinturón del óxido", la antigua constelación de centros productivos que se vieron repentinamente condenados a la inactividad cuando las grandes empresas descubrieron que podían ganar más dinero en otros lugares. Pero en ninguna otra parte tuvo este proceso consecuencias tan demoledoras como en Michigan, y muy especialmente en Detroit.

© Desconocido
La decrepitud del Michigan Theater, una tragedia shakesperiana en sí misma. 
Pese a todo, casi de manera paradójica, el renombre internacional de lo que aquí llamaríamos "la marca Detroit" no decayó en los años 80. Aunque ya se estaban cerrando infraestructuras y la tasa de desempleo estaba oficialmente situada en un 12% - bastante por encima de la media nacional - , la proyección mundial de la NBA le confirió un último motivo de orgullo a la ciudad. Los Detroit Pistons, gracias a una generación de jugadores conocida como los Bad Boys, se hicieron célebres justo en el momento en que el baloncesto profesional estadounidense fue transformado en un producto de consumo mundial, como McDonald's o la Coca Cola. Los pistones - no podían llamarse de otro modo jugando en representación de la capital mundial del automóvil - eran rudos, sucios y desde luego carismáticos. Casi sin pretenderlo reflejaron perfectamente la personalidad propia de la ciudad: dureza callejera y eficacia industrial a partes iguales. Eran el Reverso Tenebroso del showtime hollywoodiense de los Lakers, del cerebral esteticismo renacentista de las huestes de la europeizante y universitaria Boston, o de las hazañas atléticas de Chicago. Los Pistons eran puro Detroit, unos forajidos de las canchas liderados por Isiah Thomas que le plantaban cara a base de chulería Michigander al sonriente prestidigitador "Magic" Johnson, a aquel severo compositor de sonatas para aro y orquesta llamado Larry Bird, o al superhéroe de dibujo animado que conocimos como Michael Jordan. Eran tiempos de gloria para la Motor City. Serían los últimos. Porque el deporte muy a menudo engaña... para entonces la ciudad ya había entrado definitivamente en barrena. Que nos lo digan a nosotros, los españoles, flamantes campeones del mundo de fútbol. Sin trabajo, pero campeones.

© (Marchand/Meffre)
Los colegios abandonados son la perfecta metáfora del tenebroso futuro de Detroit. 
Los años 90 y el cambio de siglo trajeron consigo el desmoronamiento total. Las últimas grandes fábricas que aún quedaban también partieron en busca de empleados que trabajasen lo mismo o más por mucho menos dinero y la industria de Detroit, ya agonizante, firmó su certificado de defunción. Ya no solamente los negros del centro de Detroit se veían castigados por el desempleo, sino también los blancos del área metropolitana (caso de Flint, localidad natal de Michael Moore, cuyo colapso económico ha sido nutridamente documentado por el cineasta). La crisis mundial del 2008 ha terminado de acelerar la huida en masa de habitantes y la ciudad se ha desangrado. Las consecuencias de la diáspora han sido tremebundas para Detroit: a menudo han sido los más pobres quienes se han quedado, así que la renta per capita se ha desplomado todavía más, y lógicamente la capacidad recaudatoria del ayuntamiento se ha extinguido. La magnitud del desastre no puede ser exagerada: el consistorio se ha encontrado con gravísimos problemas de falta de presupuesto y ha tomado medidas extremas, llegando a retirar de barrios enteros el alumbrado eléctrico, el suministro de aguas y la recogida de basuras, así como la cobertura policial y de emergencias, todo porque sencillamente ya no hay dinero para mantenerlas. El propio ayuntamiento animaba a los ciudadanos a mudarse a aquellos barrios donde todavía se podían conservar los servicios básicos - aunque depauperados - en lo que constituye un alucinógeno ejemplo de ciudad del primer mundo que da por perdidos varios de sus miembros y ha decidido amputarlos para que no se extienda la gangrena. Regiones enteras de la metrópolis quedaron vacías. Las propias autoridades han decidido demoler edificios que habían quedado vacíos para no tener que hacerse cargo de su mantenimiento. Otros muchos han sido incendiados. Un vistazo a Google Earth resulta revelador: la cantidad de solares vacíos en pleno centro de la ciudad puede dejar boquiabierto a cualquiera.

© Desconocido
A principios de los 90, cuando fue tomada esta foto, el centro de Detroit ya mostraba un aspecto desolador. Hoy está todavía peor. 
Desamparo social y catástrofe educativa vinieron después, casi en forma de plaga bíblica. La actual crisis financiera, que EE. UU. sobrelleva con su acostumbrado ímpetu de siempre, no ha podido en cambio ser afrontada por Detroit. El desempleo registrado gira en torno al 20%, algo totalmente inaudito en una gran ciudad de la América moderna. Pero hablamos de la cifra oficial, porque no son pocos quienes la elevan considerablemente y llegan a hablar de la mitad de la población en edad de trabajar. El porcentaje de familias por debajo del umbral de la pobreza se calcula entre un 30-35%, de nuevo según cifras oficiales que podemos sospechar tiran por lo bajo. Económicamente hablando, Detroit casi está dejando de ser América, al menos tal y como los americanos quisieran entender su país. Naturalmente, las historias humanas que hay detrás de todo este curso de degradación resultan incontables y a menudo terriblemente desgarradoras. Como en toda crisis económica, fenómeno que los políticos y muchos medios de comunicación suelen limitarse a resumir alegremente con un puñado de números, el sufrimiento humano se convierte en un índice que no puede siquiera medirse, entre otras cosas porque la mayoría de las veces queda oculto en el anonimato de las víctimas. Pero ha surgido un reclamo inesperado: la arquitectura abandonada ejerce como portavoz silencioso de ese sufrimiento. Fotografías de colegios vacíos que nos hablan de los niños que ya no tienen aula, de los padres que ya no tienen trabajo, de los hoteles en donde ya nadie se hospeda porque en Detroit ya no hay negocio alguno que hacer y es un lugar de donde se huye, no a donde se va. Fotógrafos profesionales y aficionados de diversas partes del mundo comenzaron a acudir en busca de imágenes chocantes que normalmente asociamos con el tercer mundo o con la súbita caída de regímenes como el soviético. Grandes edificios dejados a su suerte, testimonio mudo y descorazonadoramente monumental de la ocasional futilidad de las grandes ambiciones colectivas cuando quienes han generado esas ambiciones han decidido que ya no ganan lo suficiente allí y se marchan para no volver.

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La Michigan Central Station, un asombroso monumento a los daños colaterales del capitalismo. 
Una de las presas más codiciadas por los cazadores de bodegones apocalípticos es la Michigan Central Station, que en su día fue uno de los varios motivos de orgullo para una ciudad que podía presumir de contar con la construcción ferroviaria más alta del mundo. Hoy, sin embargo, parece el decorado de una pesadilla distópica. Pocos lugares abandonados hay en el corazón de occidente con semejante atractivo simbólico para el objetivo de una cámara: su solemne y grandilocuente fachada fue concebida en pleno arrebato monumentalista del auge industrial. La estación se alza en solitario frente al Parque Roosevelt, sin otros edificios circundantes: una ubicación insular que durante su periodo de actividad se antojaba casi paradisíaca... qué mejor bienvenida al forastero que una estación rodeada de parques y grandes explanadas de verde césped. Hoy, sin embargo, ese mismo aislamiento la hace parecer un tétrico monolito legado por alguna civilización alienígena, abandonado allí para asombro de los humanos. El estado de abandono de su exterior produce el efecto óptico de hallarnos ante el vestigio de una era remota: vías reconquistadas por la mala hierba, pavimentos agrietados y arbustos que se empeñan en crecer incluso sobre el terrado del edificio del vestíbulo. Todavía más impresionante resulta el interior, aunque desgraciadamente no lo han sabido respetar los compulsivos estampadores de graffitis, incapaces - en sus cortas miras - de reconocer y admirar la grave y majestuosa decadencia catedralicia que los rodea. Todo un templo consagrado al olvido en el que las pueriles pintadas todavía parecen irrespetuosas y fuera de lugar, como si alguien vaciase su spray sobre un féretro sin pensar en la dignidad del difunto.

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Un asilo abandonado en cuyas paredes una pintada dice “Dios ha abandonado Detroit” 
No menos espectacular ha sido la estéril agonía del antaño esplendoroso United Artists Theater, situado también en pleno centro de Detroit, cuyo tablado ahora desahuciado es uno de los lugares más asombrosos de la ciudad, ya que parece el aterrador decorado de alguna secuencia de Alien, el octavo pasajero. En la ornamentación interior de la sala se distinguen todavía los recargados grutescos - inspirados en la arquitectura de España, por cierto - que un día simbolizaron el afán de los nuevos ricos michiganders por imitar los suntuarios libertinajes del barroco europeo. Ahora, sin embargo, esas formas aparecen desnudas y blanqueadas, como si fuesen el esqueleto de algún inmenso monstruo deforme o los restos inertes de un arrecife de coral. Viéndolo en su actual estado cuesta imaginar su pasado esplendor: el United Artists Theater fue una de las ambiciosas salas de proyección construidas por la compañía cinematográfica que Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanksfundaron como respuesta a la dictadura de los estudios tradicionales. Inaugurado en 1928, podía dar cabida a más de 2000 espectadores, pero además de ser un lujosísimo cine de babilónicas hechuras, el Theater sostuvo sobre su techo un edificio de 18 plantas repletas de opulentas oficinas para alquilar. Allí se siguieron proyectando películas de gran formato hasta los años 70, cuando el declive comercial de la cinematografía provocó que la sala fuese adoptada por la Orquesta Sinfónica de Michigan. Pero pasaron los años e incluso la orquesta se terminó marchando, hasta que ya solo quedaba en la planta baja del edificio un club nocturno, The Vault, que ocupaba el antiguo local de un banco y que había transformando las antiguas cámaras subterráneas en espacios nocturnos para el divertimento de las gentes cool del downtown. Aquel club fue el último espacio en resistir al abandono en un edificio donde la antigua sala de cine se dedicaba a criar polvo y donde ya nadie alquilaba ninguna de las oficinas. Cuando también The Vault cerró, el imponente United Artists Theater quedó completamente vacío. Todo el metal útil de cada una de las plantas fue retirado. Ahora, sin uso, el edificio espera una posible demolición.

© Desconocido
Impresionante espectáculo: el apocalíptico interior del otrora lujoso United Artists Theater. 
Por cierto, The Vault no ha sido el único negocio en aprovechar las extintas oficinas bancarias para nuevos usos. Tras la emigración en tropel de las instituciones financieras, sus antiguos locales han sido ocupados por todo tipo de inquilinos oportunistas que, de hecho, cubren todo el espectro de propósitos de servicio social: desde congregaciones baptistas a clubes de striptease. En otros casos, ni siquiera eso. Por ejemplo, la vida del National Bank no gozó de la prórroga del reciclaje y ahora el robusto portón de su cámara acorazada aparece tiñoso de óxido, mientras que los pequeños cajones de seguridad, ya vacíos, simbolizan lacónicamente toda la riqueza perdida de la ciudad del motor. Además de los bancos, la ciudad que reinó en el imperio del automóvil está ahora plagada de gasolineras abandonadas, con sus fachadas aún reclamando la atención a base de colorido maquillaje, como mujeres de la noche incapaces de hacer frente con dignidad a su inevitable decrepitud. Lo mismo puede decirse de los restaurantes y locales de comida rápida que lucen todavía lozanos en sus fachadas, aunque el interior aparece oscuro porque tras sus cristales ya no se sirven hamburguesas ni café: son negocios que a menudo han muerto en plena juventud.

© Desconocido
El salón de baile del Hotel Plaza, crudo retrato de la vanidad perdida de Detroit. 
No han tenido mucha más suerte los hoteles. Por ejemplo, el harinoso salón de baile del hotel Lee Plaza fue una de las estrellas en el famoso álbum funerario de la revista Time. Su rigor mortis fue descarnadamente inmortalizado por las cámaras, que captaron la estancia bien bañada por la luz diurna como para mostrar con cruel fidelidad hasta el último desconchón de las paredes. La foto era impactante, presidida como estaba por un piano varado sobre su costado como si fuese un buque después de un naufragio o una ballena agonizando en la playa, en mitad de un decrépito desorden que ni siquiera ofrece el consuelo de resultar solemne. En otro tiempo ese mismo lugar fue patio de recreo donde tenían lugar sofisticados juegos de sociedad; hoy es una tumba de marfil en la que no hay más cadáveres que unas cuantas sillas rotas y un piano desvencijado. No demasiado lejos se levantan dos hoteles de 13 plantas cada uno: el Eddystone y el Park Avenue. Construidos según los patrones de solidez racionalista de los años 20 y otrora repletos de huéspedes que visitaban la ciudad por negocios, son ahora dos mausoleos de mal aspecto, inútilmente erguidos sobre lo que quiso ser un parque y ahora se ha convertido en uno de tantos descampados mortecinos.

© (Andrew Moore)
Fascinante instantánea del laboratorio abandonado del Cass Technical High School. 
Tampoco se ha librado del naufragio, como ya comentábamos, el sistema educativo. El Cass Technical High School, por ejemplo, es ahora una especie de museo dedicado a lo que pudo haber sido y no fue. Algunas de sus dependencias, como los laboratorios, sufren un abandono tan pasmosamente estético que bien podría haber sido diseñado por un artista conceptual: cajones y portezuelas de madera abiertas en serie, quizá por buscadores de sustancias de dudoso uso, y encimeras devoradas por el fárrago de mil pequeños utensilios y fragmentos de objetos indefinidos, presidido todo por estanterías prácticamente intactas, repletas de probetas, tubos de ensayo y mecheros Bunsen que nadie se ha molestado en robar.

Algo similar sucede en la Jane Cooper Elementary School, donde un día se ayudaba a los pequeños michiganders a aprender a leer, escribir, sumar... a crecer en definitiva. Hoy es una descorazonadora parábola visual del futuro truncado de Detroit. Empezando por su antiguo auditorio, un teatrito donde los pequeños cantaban y actuaban para regocijo de sus padres. Las cortinas del telón están aún en su sitio, pero mientras que el auditorio abandonado aparecía prácticamente intacto en el reportaje de Time, constituyendo una visión tan hermosa como triste, al año siguiente ya había sido destrozado y pintarrajeado por los vándalos de turno... significativo el modo en que quienes deberían sentirse víctimas del declive de la escuela, quienes deberían querer conservar aquellos lugares intactos como monumento a su herido orgullo ciudadano, son precisamente quienes le han puesto la puntilla rompiéndolo todo y llenándolo de graffitis. Con todo, en algunas aulas las pizarra continúan colgadas. Curiosamente, o no tan curiosamente, nadie se ha llevado los libros, que bien se amontonan en cajas o se desparraman por los suelos de la biblioteca. Además de las escuelas, otros servicios públicos abandonados por las autoridades han producido imágenes igualmente impactantes, como la comisaría de policía de Highland Park, donde junto a ficheros y escritorios abandonados se desperdigaban decenas de fotografías de sospechosos, fichas con huellas dactilares e informes que ya no servirán de nada.

© Desconocido
Escuela elemental Jane Cooper hace unos años, abandonada pero todavía intacta en solemne recordatorio de la debacle educativa. 
© Desconocido
Un año después de la imagen anterior, la escuela ya había pagado el precio al ser arrasada por unos vándalos. 
Aunque, si hablamos de tamaño, los más grandes pecios del naufragio de Detroit proceden, cómo no, de su industria. Grandiosa, ciclópea, faraónica... todos los adjetivos se quedan cortos para describir la ruina durmiente de la Packard Plant, quizá una de las fábricas abandonadas más fabulosas del mundo. Bautizada inicialmente como Motor City Industrial Park, este complejo de producción de automóviles es otro El Dorado para cualquier fotógrafo ávido de sensaciones postarquitectónicas fuertes, cuya inmensa desolación bien puede rivalizar con los ceremoniosos despojos industriales y militares de la extinta URSS. Lo que allí se encuentra el fotógrafo no desmerece de la escenografía de películas o videojuegos: un laberinto de edificios rectangulares, callejones, túneles y explanadas alfombradas por escombros, árboles secos y arbustos sin vida. Todo metal y vidrio ha sido retirado para el reciclaje; edificios enteros se han visto reducidos a los meros huesos. Cuesta creer que hubo un día en que aquello bullía de actividad, en que allí se gestaba la prosperidad o al menos la existencia medianamente cómoda de tanta gente. El inmenso cascarón vacío del complejo se erige ahora como una broma de mal gusto; tan grande, que su abandono resulta insultante. Como curiosidad, la inmensa planta no está completamente vacía, sino que tiene un inquilino fijo: Allan Hill, antiguo homeless, desheredado del sistema que convirtió una de las naves del lugar en un espacio habitable. El viejo y solitario Hill ya no posee todos sus dientes pero se las ha arreglado para disponer de electricidad, agua e incluso Internet. Un ejemplo de supervivencia y dignidad por parte de un hombre rechazado por el sistema, que ahora habla de ese mismo sistema con calmo escepticismo.

© (Daily Mail)
La fábrica Packard, hoy una de las más tremebundas ruinas industriales del planeta.
Igualmente imponentes son los restos mortales del complejo River Rouge de la Ford: el interior de sus plantas de producción se antoja hoy un túnel que lleva a ninguna parte, un armazón de metal y cemento expuesto a la herrumbre, como si la torre Eiffel hubiese muerto de vieja, hubiese caído sobre su costado y descansara ahora en horizontal completamente desprovista de su antiguo señorío. Pero no solamente servicios, comercios e industrias han fenecido en Detroit. También barrios residenciales enteros han sucumbido como en una epidemia. Una ingente cantidad de viviendas han sido demolidas, otras incendiadas y otras muchas yacen en silencio, desbaratadas por el tiempo, que lo desmorona todo con una rapidez inesperada. En ciertas localizaciones, la retirada de todos los servicios municipales básicos ha agravado la diáspora y ha producido fenómenos chocantes como el de las viviendas en relativo buen estado que se venden por un dólar, para el que quiera establecerse en mitad de la zona cero... aunque por descontado nadie quiere habitar donde no hay ni luz, ni agua, ni seguridad, ni comercios donde adquirir productos básicos de consumo. En otros barrios con mejor suerte, las casas aún habitadas conviven con los solares vacíos, a los que a veces se les encuentra un uso peculiar: la ciudad puede presumir de contar con auténticos campos de maíz en algunas calles del centro, donde los vecinos han decidido emplear la tierra vacía como huerto particular.

© Desconocido
El pizpireto barrio burgués de Brush Park como muestra del fracaso de toda una ciudad. 
© Desconocido
Mansiones abandonadas en Brush Park. 
Particularmente pintoresco es lo sucedido en el barrio de Brush Park. En tiempos mejores, orgullosos michiganders de clase media-alta edificaron viviendas elegantes y mansiones siguiendo las más vistosas tendencias constructoras de la burguesía del viejo continente: arquitectura renacentista francesa, italianizante, victoriana, Beaux Arts, Art Decó, Segundo Imperio, Tudor, gótico veneciano, románico richardsoniano... todo en un mismo barrio, como en una gran caja de bombones. Pero de las 300 mansiones originales de Brush Park únicamente quedan unas 70 en pie; no pocas de ellas parecen ahora salidas de la película Psicosis: ventanas que nos contemplan con mirada hueca o veladas por una ceguera de contrachapado, fachadas a medio caer que se van derritiendo por la flacidez del abandono, desvanes abiertos a la intemperie, jardines secos o en el mejor de los casos rebosantes de enredaderas que devoran con avariciosa lujuria los edificios (como una casa de Walden Street cuya fachada está completamente cubierta por las hojas, creando un singular espectáculo en mitad de la urbe). De las mansiones que todavía quedan, muchas están en mal estado, pero varias se encuentran en proceso de intento de rescate, porque ese barrio es uno de los principales patrimonios artísticos y arquitectónicos de la ciudad, uno de los barrios en los que merece la pena invertir un esfuerzo.
© Desconocido
Piscina pública en Brush Park. Profundidad: “8 feet” 
También en Brush Park hallamos otras metáforas de ladrillo que nos hablan de un pasado mejor, como la antigua piscina pública, hoy un mero cajón de cemento sin agua que lo llene, todavía dividido en "calles" como la pista de aterrizaje donde se estrellaron los sueños de prosperidad de la ciudad. Es una cripta rectangular erigida con bloques de un anodino gris, su techo oxidado aparece encrespado de cables y focos que cuelgan: todo metal aprovechable e incluso las propias lámparas han sido retiradas. Como en una broma macabra, el mosaico del borde de la piscina todavía indica su profundidad: "8 feet", aunque ahora ya no hay agua que impida comprobar de un vistazo la distancia al fondo.

© Desconocido
Biblioteca pública abandonada. Al parecer, a nadie le interesa llevarse los libros. 
Son algunos ejemplos, pero se podrían citar muchos más. Se estima que aproximadamente un tercio del territorio de la ciudad se encuentra en estado de ruina o abandono. Las grandes empresas se han ido y la locomotora de la industria norteamericana se ha quedado detenida en la vía, mientras los arbustos crecen y los más espabilados desclavan las vigas para venderlas al peso. ¿Hay esperanza para Detroit? Hoy, las cifras oficiales hablan de un ligero repunte del trabajo disponible, y los más optimistas cifran el paro en un 18-20%. Pero no pocas voces hablan de un 40% o incluso un 50% de desempleo real, en mitad de un país que actualmente tiene un 8% de media, lo cual - en aquella nación y bajo sus condiciones de vida - ya es considerado demasiado alto. Instituciones como el Family Independence Program, un programa de asistencia social para familias de bajos recursos con niños a su cargo (ofrece unos 500 dólares mensuales a parejas sin ingresos con un hijo único y algo menos de 1000 dólares a familias numerosas con siete u ocho hijos) sitúa a un 34% de la población bajo el umbral de pobreza, pero nuevamente se barajan cifras alternativas que llegan al 60%.

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Las pintadas reivinidicando la dignidad de la ciudad se multiplican: “Detroit no es un cadáver, Detroit vivirá”. 
Las discusiones políticas en torno al hundimiento del buque insignia de la industria manufacturera estadounidense podrían alargarse hasta el infinito. Algunos hablarían del derecho de las grandes empresas a buscar más beneficios en otras localizaciones, otros harían alusión a la responsabilidad social de dichas empresas y de las autoridades que les permiten alzar el vuelo sin consecuencias. Probablemente no exista una respuesta simple que satisfaga a todas las opiniones, pero la realidad de la situación, eso sí, es incontestable. Detroit se ha venido abajo. La "gran D" se ha transformado en una ciudad del tercer mundo inmersa en la nación que se precia de liderar el primero. Incluso el propio gobierno de Michigan, con sede en Lansing, le ha dado la espalda a la mayor población del estado, a la que se contempla con disgusto y reluctancia. Detroit es un agujero presupuestario y las instituciones municipales están sumidas en una lucha por mantenerse en funcionamiento, mientras el gobierno estatal soñaría con ceder de buena gana la ciudad a otro estado o incluso a Canadá.

© Desconocido
La pobreza y la proliferación de solares vacíos han generado el curioso fenómeno de la agricultura urbana. 
La gente de Detroit, como suele suceder, ha respondido al cataclismo de las formas más dispares imaginables. Algunos han optado por la delincuencia o el vandalismo. Los hay también que vagan por las calles en busca de despojos, en muchos casos rendidos ante la desesperanza. Otros optan por apelar a la dignidad ciudadana, por ejemplo creando programas espontáneos de "granjas urbanas" para autoabastecerse de alimentos frescos cultivados en los muchos solares vacíos que hay entre unos edificios y otros. Los hay que han llegado hasta el punto de inspirarse en formas de supervivencia local concebidas en el tercer mundo, como un sistema de reciclaje de aguas con el que los vecinos de pequeñas zonas mantienen el valioso fluido circulando a despecho de las fallas institucionales. Mientras tanto, los mapaches y otros animales salvajes han empezado a merodear de nuevo por la ciudad del automóvil, que no los veía en sus calles desde tiempos inmemoriales.

El barco se ha hundido. Esto debería producir una profunda reflexión. Fue la cuarta mayor ciudad de los Estados Unidos y, si sucedió allí, podría suceder en cualquier parte. Porque lo que la caída de Detroit ha demostrado es que una ciudad no es el conjunto sus edificios, ni de sus infraestructuras, ni de sus instituciones. Una ciudad es su gente. Si la gente se marcha, la ciudad muere. Y la gente se marcha cuando no tiene trabajo. ¿Inevitable? Quién sabe. ¿Triste? Desde luego. El Titanic se hunde, queda para la opinión de cada cual ponerle nombre al iceberg.
© Desconocido
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lunes, 18 de febrero de 2013

Señores, ¿en qué mundo vivimos?



No faltan, sin embargo, algunos, como Cristina Fernández de Kirchner, que muy sueltos de cuerpo proponen volver al capitalismo de antes, productivo, abandonando el especulativo, como si éste no fuese la consecuencia de aquél. O quienes hablan, como esa misma señora y sus agudos asesores, de volver a la fase anterior al neoliberalismo y a la desenfrenada especulación resultante del papel predominante del capital financiero como si neoliberalismo y especulación no fuesen el resultado de la caída de la tasa de ganancia que llevó a cerrar la fase del llamado Estado del Bienestar y a reducir brutalmente los salarios directos e indirectos de los trabajadores en todos los países y los espacios democráticos y las viejas conquistas sociales (como las ocho horas) en todo el mundo.

Otros, en los gobiernos progresistas (Brasil, de nuevo Argentina, Venezuela), piensan que hay que reforzar el capitalismo con los subsidios del Estado a las grandes empresas, para asegurar a la vez los consumos populares y la rentabilidad de aquéllas y así pagan a pocos con el dinero de todos pero no aumentan las inversiones productivas, porque éstas dependen de las expectativas tanto de los consumidores como de los capitalistas sobre la amplitud y sostenibilidad del mercado, expectativas que no existen.. Por eso las empresas se meten en el bolsillo el dinero de los contribuyentes pero no invierten y, como son monopólicas, aumentan los precios de sus mercaderías pero no los salarios reales, reduciendo así aún más el mercado consumidor e impulsando, al mismo tiempo, la inflación, que también los corroe.

China está al borde de una catástrofe ecológica en todo el país porque la opción por el crecimiento económico considerando cero el costo ambiental lleva ahora cientos de millones de personas a no poder salir - literalmente - de sus casas debido a la contaminación. A eso se le agrega la gran ola de movimientos por salarios, condiciones de trabajo o contra el despotismo y la corrupción. China y la India, por otra parte, hasta ahora principales sostenes del capitalismo mundial y en particular de la economía de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea mediante la compra de bienes y de empresas, con su presencia en el mercado financiero mundial han acelerado brutalmente la circulación de capitales y el caos especulativo.

Independientemente de que no aparecen en el horizonte los sepultureros de un sistema en crisis estructural, porque los trabajadores, en el sentido más amplio, comparten aún la ideología de sus explotadores y sus valores hedonísticos y egoístas en vez de buscar una alternativa al sistema, el sistema está en una crisis agudísima desde el 2008 y aún no superó lo peor. Al sistema capitalista las inmensas destrucciones de seres humanos y de capitales en las dos guerras mundiales y en la crisis de 1929 le dieron sólo unos 30 años de prosperidad y reconstrucción. ¿Buscará arrasar con los bienes comunes, rapiñar nuevamente el planeta, recolonizándolo, recuperar mediante una nueva gran guerra para Estados Unidos la hegemonía perdida de modo de instalar un mundo futuro para un quinto de la población mundial, eliminando de un modo u otro a los sobrantes (con guerras locales, dictaduras, hambrunas, siembra de enfermedades mortales)? No hay nada que el capitalismo no pueda intentar... si se lo deja y si tiene la fuerza social suficiente.

Por eso hay adoradores académicos o no del sistema, nuevos doctores Pangloss, que dicen que el sistema siempre se recuperó de sus crisis y volverá a hacerlo, porque no se presenta una alternativa. Pero si la historia fuese una simple continuación indefinida de los sistemas, Europa viviría todavía la pax romana, los mayas seguirían dominando media Mesoamérica y en Tenochtitlán-DF se seguirían haciendo sacrificios humanos. El derrumbe del mundo antiguo y del Estado romano, su cultura, y sus relaciones de dominación fue el resultado de una larga crisis que duró más de tres siglos y que amenazó a la civilización, cuyo nivel más alto sólo fue reconquistado mil 200 años después con el Renacimiento. No está escrito en ningún lado que el capitalismo sea como Anteo que al caer al suelo reconquistaba su vigor.

Porque esta crisis estructural está acabando con las bases de una cultura material basada en el despilfarro del agua, de los alimentos, de los recursos naturales de todo tipo y en la producción masiva de desechos que la naturaleza no puede reciclar. Los gobiernos progresistas o no, como el de Bolivia, Brasil, Ecuador, Argentina o el de México, Perú, Chile fingen creer que el crecimiento se puede lograr con el despojo de las tierras arables que se convierten en monocultivos, con la depredación del agua y de la tierra por la gran minería, por el extractivismo neodesarrollista pero ese crecimiento de las ganancias es enemigo del desarrollo y de los bienes comunes.

Por lo tanto, o se acaba con la producción para la ganancia, produciendo de modo diferente, fabricando otros productos, elaborados de otro modo, para otras necesidades o terminan por acabarse los bosques, los mares, el agua, el aire puro, el equilibrio natural del planeta... y la especie humana, reducida a pequeños grupos, vuelve al estado natural o, reducida a cerca de un tercio de sus integrantes actuales, vive en una dictadura tecnocrático-fascista como la que pintara Jack London en El Talón de Hierro. Suena apocalíptico, pero enteras civilizaciones y grandes culturas han vivido antes apocalipsis semejantes.

La alternativa no es ya capitalismo o barbarie. Desde los campos de concentración nazis, los goulags stalinistas, Hiroshima y Nagasaki y los bombardeos a Vietnam vivimos en la barbarie. La alternativa es o acabar con el capitalismo o ver cómo éste acaba con las bases materiales de nuestra civilización.

El cese al Fuego en Gaza no detendría que se pueda hacer Regional esto mas adelante

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